‘Un día en la vida de Iván Denísovich’ (1962), de Alexandr Solzhenitsyn

978-84-8383-107-6_bigLos totalitarismos de uno y otro signo que azotaron Europa en el Siglo XX han sido una de las vetas literarias más productivas con numerosas obras-testimonio de autores que se vieron tocados por el estigma de traidores al régimen de turno, simplemente por pensar de manera diferente. Alexandr Solzhenitsyn (Premio Nobel de Literatura en 1970) es, por mérito propio, uno de los más destacados escritores que ha abordado este tema, habiendo dedicado no sólo su obra sino su vida a denunciar los excesos y la inhumanidad del régimen comunista sovietico. Evidentemente, su posicionamiento crítico le acarreó numerosos problemas y conflictos con las autoridades comunistas que se consumó con la deportación de que fue objeto en 1974, no pudiendo regresar a su país hasta 1994, cuando el régimen del telón de acero se había derretido como un muñeco de nieve en primavera. Asimismo, también en Occidente ha sido una figura controvertida, acusado de antisemitismo, nacionalismo ruso y de cierta arrogancia en su relación con el resto del mundo.

‘Un día en la vida de Iván Denísovich’ es precisamente eso. Un recuento minucioso en un día cualquiera de la existencia de Iván Denísovich Shujov, prisionero de un campo de trabajo en Siberia. Lo concreto del título no es un detalle insignificante sino que dice mucho del estilo de Solzhenitsyn. Directo, realista y sin ninguna concesión para las florituras ni la lírica. Basándose es su experiencia como prisionero del régimen soviético durante 8 años, el autor se limita  a describir de forma minuciosa la rutina diaria de Iván desde que amanece en los barracones hasta que vuelve a acostarse por la noche en su jergón. Asistimos a las diferentes eventos del día: las comidas, los trabajos en los que participa su grupo, los escasos momentos de ocio, la relación con los otros prisioneros,…  que son descritos en un tono aséptico y objetivo. Precisamente este es el aspecto de la novela que más me ha gustado.

Solzhenitsyn es consciente de la potencia de los hechos que narra, de ahí que sean innecesarias sus disgresiones o críticas directas, ni siquiera las de los propios protagonistas que, lejos de lanzar diatribas contra su situación, la asumen con una naturalidad pasmosa. Es el propio lector el que, a la luz de lo que le van narrando, llega a sus propias conclusiones que, no por obvias, dejan de ser demolederas. En este punto es fascinante ver como son los pequeños detalles de la cotidianeidad los que ponen de relieve la terrible situación en la que viven los personajes. La importancia para su subsistencia de conseguir unos gramos más de pan o la emoción por encontrar un pedazo de hierro oxidado que pueda ser reconvertido en una herramienta con la que remendar ropa o zapatos nos hacen comprender los mecanismos de dominación de este sistema carcelario. Despojados de cualquier privilegio, la deshumanización de los personajes es completa y, al igual que los animales, su única obsesión es buscarse medios para sobrevivir, incluso a costa del bienestar de otros. Esta preocupación por las pequeñas miserias de la existencia evita que se planteen no sólo la forma de escapar sino cualquier pensamiento abstracto político y social que se rebele contra el status quo. No hay margen para la disidencia, solo para la superviviencia. Los prisioneros y los carceleros forman parte todos de un microcosmos aislado del mundo real en el que nadie se plantea porqués. Se limitan a vivir por inercia esperando que el día siguiente sea, por lo menos, igual que el anterior.

Excelente libro para entender el infierno que vivieron miles de personas en los numerosos centros penitenciarios diseminados por la Rusia comunista del siglo XX. Es la primera obra que he leido de Solzhenitsyn pero seguro que no será la última.

Valoración: 8/10

Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008) nació en Rusia. Huérfano de padre (murió en un accidente cuando no había nacido), en su juventud abrazó la ideología marxista leninista. Participó como soldado en la II Guerra Mundial y, en 1945, fue condenado a ocho años de cárcel por unos comentarios críticos hechos en privado sobre Stalin. Tras cumplir condena tuvo que afrontar un”exilio interior” y tres brotes de cáncer que a punto estuvieron de acabar con su vida. En 1962 publicó ‘Un día en la vida de Ivan Denísovich’ y las autoridades soviéticas pusieron la lupa sobre el escritor, evitando la publicación de otros escritos que, sin embargo, iban editándose en Occidente: ‘El primer círculo’ (1968), ‘Pabellón de cáncer’ (1968), ‘Agosto 1914’ (1971) y ‘Archipélago Gulag’ (1973).  Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1970 y, en 1974, el Gobierno Ruso le expulsó del país. Se asentó con su familia en un pequeña población de Vermont (Estados Unidos) donde siguió trabajando en su obra de forma metódica en un régimen de semiaislamiento. En 1994, tras la caída del comunismo regresó a su país donde permaneció hasta su muerte.